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Subculturas Digitales

Las subculturas son terrenos sociales que hemos inventado desde que tenemos uso de razón en respuesta a una de las principales necesidades del ser humano: sentirse parte de algo. Esos terrenos sociales se crean dependiendo de contextos y épocas que hacen que permanezcan por un tiempo y luego sean sucedidas por otras, pero también existen algunas que han permanecido por décadas y crean puntos de identidad para miles de personas. Más allá de eso, la geografía digital moderna ha creado, desde sus inicios, un sin fin de comportamientos que se desarrollan en espacios ficticios y hacen que las personas puedan reemplazar su vida real por una digital; aunque también vale la pena mencionar que algunas veces estas prácticas y grupos han logrado trascender de lo digital, e impactar el mundo real de forma positiva o negativa.

No quiero imperar sobre lo positivo o negativo que esto puede llegar a ser, simplemente se quiere llegar a una reflexión en donde entendamos estos nuevos comportamientos digitales en donde cabría el “dime a qué le das like y te diré quién eres”. Las redes sociales son ese terreno que ha desaparecido el valor de la privacidad con el que contaban generaciones pasadas. Lo dijo Zygmunt Bauman junto a David Lyon en su libro ‘Vigilancia Líquida’: “Parece que ya no disfrutamos tener secretos […]. Un secreto, como las demás posesiones personales, es por definición esa parte del conocimiento que se impide y prohíbe compartir con los demás y/o que se controla celosamente […]. La esencia de las redes sociales está en el intercambio de información personal. Los usuarios se alegran de revelar datos íntimos de su vida personal, colocar información detallada y compartir fotografías que revelen todo lo que hace. Se estima que el 61% de los adolescentes británicos entre 13 y 17 años tienen un perfil personal en una red social que les permite socializar en línea.

Las redes sociales y -en general- los entornos digitales, son espacios que nos pueden ofrecer gran cantidad de conocimientos o gran pérdida de tiempo de nuestros acelerados días. Aquí hay algo que tenemos que poner sobre la mesa, y es la cantidad de información de poca calidad que podemos encontrar hoy en día; cuando un usuario encuentra un video nivel PlayGround -o cualquiera de sus similares-, no tiene idea del grado de veracidad que puede tener dicha información, pero da por hecho que lo que menciona un autor como éste es una verdad absoluta -sin querer ofender el trabajo que hacen este tipo de medios-. Las nuevas generaciones se están volviendo las nuevas religiones digitales, esas que creen que solo existen las verdades que aparecen en sus timelines dentro de Facebook o cualquier plataforma similar. Y esta misma también es el apocalipsis de profesiones como el periodismo, cuyo papel es cada día más devaluado y barato por la capacidad de producción que tiene el mundo entero sin ningún tipo de fuente garantizada que ofrezca un contenido de calidad. Y es que en la modernidad tenemos que ser muy selectivos con el tipo de contenido que consumimos, porque el tiempo no es eterno y la información se multiplica cada día a pasos gigantes. ¿En verdad vale la pena que todo el mundo tenga poder de palabra para dar a conocer su opinión de forma masiva? ¿O era mejor a la vieja escuela, en donde solo unos pocos selectos y “aptos” tenían la capacidad de producir e informar al mundo? Que cada quien formule su propia conclusión.

Quiero cerrar este pequeño capítulo con la participación digital, esa en donde creemos que podemos tener la capacidad de participar en una decisión sobre una temática social con un simple like o reacción. Las redes sociales son espacios buenos para compartir conocimiento y dar a conocer nuestras posturas o rechazos hacia algún tipo de temática; pero lo que no podemos pretender es que a través de esas redes logremos hacer una votación, lograr algún tipo de reforma o protesta significativa sobre una problemática. Créanme que cuando cambiamos nuestras fotos de perfil para apoyar a Siria, o a nuestro equipo de fútbol favorito, o cualquiera de esas pavadas que ahora se inventa Facebook con el fin de elevar sus costos por clic para la industria publicitaria, no estamos haciendo realmente nada; si fuera un tema de real interés, se haría algo desde el mundo real, desde la vida cotidiana, no desde ese mundo cibernético en donde todos sabemos que nada cambia pero tampoco tenemos las agallas para decirnos esas verdades en la cara. Que nadie se atreva a meterse con esas dosis de dopamina constante, el nuevo opio, la nueva heroína, esa que se inyecta por nuestros ojos.

¿Se imagina usted donde todo lo que se compartiera en redes fuese exclusivamente contenido de valor? La sociedad sería otra.

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Cataclismos millennials.

¿Violenta palabra no? Sin ánimos de ponernos técnicos, me pareció el mejor término para empezar a hablar de lo que debería suceder, pero nunca pasa cuando hay una cagada en Bogotá.

Empiezo con ‘Cataclismo’, que, desde mi opinión y sin usar diccionario, no es más que un estado apocalíptico en donde hay caos por un acto o suceso. Creo que la mejor definición la dio el Guasón de Heath Ledger cuando visita a Harvey Dent en el hospital: “Introduce algo de anarquía, altera el orden establecido, y el mundo se volverá un caos… Soy un agente del caos. ¿Te digo algo sobre el caos? Es miedo…”; el miedo a cambiar, la ruptura de un paradigma; el caos como revolución social, eso es lo que propone este inolvidable personaje.

Ahora, vayámonos a la generación Z –que está muy lejos de Dragon Ball-, una generación creciente que vive interesada en los profundos discursos de sus youtubers favoritos. No tienen la más mínima preocupación por temas sociales –y más adelante tocaré un poco sobre este desinterés por lo social-, y menos aún quieren tener que ver con política. El mundo es lo que está en sus celulares mientras haya batería y datos. Lo que me aterra aquí no es el importaculismo de una generación ante una ciudad de la cual no quieren hacer parte –aunque la verdad sí-; ya lo dijo el maestro Jaime Garzón: “Colombia es un país donde los ricos quieren ser ingleses, la clase media norteamericana y la clase baja mexicanos”. Si en Bogotá cuando algo terrible e injusto pasa, “nadie ha visto nada”, como lo pregonea Hector Lavoe en “Juanito Alimaña”, y eso que actualmente tenemos una generación con medianamente un leve sentido de pertenencia, ¿usted se imagina qué va a pasar en 10 años con esta generación de “si no me afecta a mí, entonces no me importa”?

Ahora, tampoco quiero satanizar a toda una generación por aspectos aparentes como estos. Está muy claro que –según estudios del Huffington Post- son la generación más inteligente que se ha visto en años, gracias a una habilidad impresionante por comprender los contextos en tiempo record. Según el mismo estudio ya citado, “los jóvenes de hoy tienen más en común con otra persona de su edad de cualquier parte del mundo que con un adulto de su mismo país”; son autodidactas por naturaleza, ¿quién necesita tomar clases de maquillaje cuando puedes aprender desde casa con ayuda de YouTube?. El problema es que desperdician el tiempo con contenidos basura que desorientan sus mentes.

Aquí podríamos apresurarnos a formular una breve conclusión del real problema de esta generación: La falta de sentido de pertenencia –cosa que no es novedosa, pues ha sido el problema de muchas generaciones pasadas, incluyendo los millennials-. Ahora, cabe aclarar que esto no abarca el 100% de los personajes pertenecientes a esta generación, siempre hay una excepción a la regla. Pero sí podemos atrevernos a decir que un aproximado 80% vive en las nubes de este mundo cibernético.

Esta generación está reemplazando los espacios de vida física por algo meramente digital. En su afán por querer salir o escapar de la realidad –y esta es una hipótesis propia-, cambian la realidad y se desconectan del mundo físico para inyectarse la dulce dopamina de los me gusta y sus actuales reacciones emocionales. Es tal el cordón umbilical entre esta generación y la tecnología, que ahora las redes sociales expanden más sus espacios virtuales con el fin de obtener más tiempo de permanencia en los usuarios; por ejemplo las tan de moda historias; un invento de la plataforma de Snapchat que ha sido más copiado que la canción de “Despacito”, ahora interpretada hasta por la Tigresa del Oriente… Creo que llegará el tiempo en donde Peñalosa va a meter historias dentro de las pantallas de Transmilenio para desviar la atención de la ciudadanía frente a temas importantes –la vieja confiable de las élites que gobiernan este país-.

Por sobre todo, y sin querer extenderme más con este tema, vale la pena mencionar el actual multiculturalismo en el que vive esta creciente generación Z. Ellos ahora no son ciudadanos de un solo país, son ciudadanos del mundo; multilingües e hiperconectados que saben qué sucede al otro del mundo antes de que ese mismo lugar lo sepa. La velocidad que nos ofrece la comunicación moderna hace que papeles como los del periodismo queden absolutamente devaluados, ¿y la generación que se viene? Podríamos llegar a pensar que serán personas de muchas carreras; son seres “multitasking” por excelencia, y es aquí donde la esfera laboral para un futuro se va a cerrar aún más, mientras se abre la brecha de desigualdad entre ñas personas. Pensando en esto, ¿qué tan ficticios son realmente los panoramas que expone series como Black Mirror? Eso está por verse…

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El Minimalismo más allá del diseño

El minimalismo es uno de los términos más utilizados para elevar la estirpe de cualquier persona. Profesionales del diseño, arquitectura, arte, etc; suelen usarlo -no solo en su lenguaje sino también en su trabajo, muchas veces conocido como la salida fácil cuando ya no hay tiempo- hasta quemarlo. Pero no me quiero quedar sobre el aspecto negativo; esta tendencia artística, nacida en la década de los 60’s en Estados Unidos, busca como propósito reducir a lo esencial con el fin de dar mensajes visuales mucho más claros y contundentes. Si bien se puede ver como algo sencillo, crear un buen concepto para utilizar este arte es de las cosas más difíciles desde el punto de vista estético/conceptual.

A la hora de la verdad, ¿qué podemos empezar a pensar que puede llegar a ser esta corriente, mucho más allá de lo que el diseño moderno utiliza?

Los seres humanos por naturaleza vivimos para andar insatisfechos, cojos e incompletos adquiriendo un sin fin de cosas que nadie necesita solo para intentar llenar vacíos superficiales creados por la publicidad y el mercadeo. En estas épocas donde todo se vale, un parche de gringos está internacionalizando una idea que convirtieron en filosofía de vida: El Minimalismo. Y es que el minimalismo como estilo de vida trata de lo más obvio que se puede entender, tratar de vivir con la menor cantidad de cosas posible, con el fin de lograr desligarse por completo de objetos materiales. La idea acá es que cada cosa material que se posee, tenga una razón o sea parte de lo que nos compone como seres.

Más allá de que esto pueda sonar como la típica filosofía de moda, un tanto nihilista y otro tanto hinduista, que intenta que las personas se desliguen por completo de todo lo que puede matar tiempo y preocupaciones innecesarias; trae una reflexión muy válida para la vida de muchas personas que literalmente están en la adicción de las compras. Si no es así, ¿cuándo fue la última vez que vio una tienda de Zara o Apple vacía?

Una filosofía que parte de una fórmula básica: Objetos en exceso = estrés.

El ser humano siempre ha tenido 3 necesidades básicas irrefutables: Comer, dormir y el sexo. Uno puede estar dentro del grupo que va y hace filas sin sentido para esperar un producto que dentro de un mes ya no le va a gustar –recordando aquí la reciente apertura de la primera tienda H&M de Colombia, en donde tuvo poco más de tres mil adeptos desde las 4am haciendo fila para ver si conseguían su falso “bono de 1.500 dólares”-; o puede estar dentro de los que simplemente compran lo que necesitan cuando lo necesitan. Cuando un ser humano entra en el terreno de no tener ni idea de cómo manejar sus finanzas, y vive reportado en data crédito con un pedazo de plástico de miserables quinientos mil pesos de cupo, aparece la famosa fórmula moderna del “couching de negocios”. Y créame que es ese tema uno de los que más vende en la actualidad; mini “líderes” de sus propias vidas en corbata que se dedican a desfalcar negocios pequeños e inexpertos, diciéndoles hasta cómo deben lavarse los dientes. Estos personajes probablemente sean los nuevos poetas que querían ser raperos pero fracasaron y se dedicaron al reguetón. Quizá siempre soñaron con tener el emprendimiento que los llevara a ser el Zuckerberg colombiano, pero fracasaron, y ahora cobran por decirle a las personas cómo no fracasar.

¿Y qué hay del minimalismo como conocimiento? Pues bien, existen 2 tipos de personas -sí, la clásica comparación clichada-, los que se enfatizan en hacer algo bien y profundizan sobre esas temáticas para llegar a lo que quieren; y los que caen en la típica frase: “es un mar de conocimiento con un centímetro de profundidad”. Se puede saber mucho, está bien querer saber de todo. Pero, ¿no cree usted que en el mundo existe bastante mierda que en realidad no vale la pena saber?

Aquí no se trata de poner en tela de juicio lo que vale la pena o no, perspectivas hay miles y las personas mutan en pensamientos y creencias cada día. Pero en esta sociedad moderna donde las personas son tan inestables, ¿realmente qué es lo sólido en nuestras vidas? ¿eso que es inmutable y realmente nos identifica más allá de una moda pasajera? –Haciendo una cita al recientemente fallecido Zygmund Bauman y su “Modernidad Líquida”; Maestro, DEP-.

¿Qué se podría concluir de todo esto? Que en realidad cada persona decide. Usted puede llevar una vida sobria -como suele decirlo el viejo Mujica-, baja de lujos y ese montón de estupideces que le vende el mercado; o puede vivir reventándose la vida pagando 3 veces lo que vale un carro, a 5 años y sin pagar el primero -justico para que los intereses y el IVA suban para reventarle las nalguitas-, pero todo para que sus papás y familiares lo vean y puedan decir: “Ese sí es exitoso, qué orgullo”. Y pues sí, qué orgullo, lo criaron bajo la misma idea de finanzas de mierda que ha criado al 80% de Colombia, y luego están esperando 50 turnos en el banco porque no leyeron nunca la letra pequeña.

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Cultura, Opinión, Religión, Sociedad, Uncategorized

Dios acústico.

Llevo bastante tiempo impactado con la película “Interestelar”, una producción excelente que expone la base de la teoría de las cuerdas. Soy consiente de la existencia de una fuerza superior que nos rodea y podría explicar todo a pesar de que nosotros no podamos entenderla; la gran pregunta es: ¿Qué es?. Con la teoría de las cuerdas, la física nos pudo dar la aproximación más grande que hemos tenido sobre la existencia física de Dios; al parecer (y dando a entender que ésta es mi interpretación, pero la de cada persona es respetable, pues no podemos asegurar que tenemos una verdad absoluta como lo decía anteriormente), la teoría expone una serie infinita de dimensiones, las cuales están conectadas por cuerdas acústicas microscópicas, con las cuales la realidad varía dependiendo de la oscilación de las cuerdas. En este orden de ideas, podríamos decir que Dios somos nosotros mismos en una realidad futura paralela en otra dimensión, en la cual nosotros nos damos mensajes a nosotros mismos por medio que códigos que solo nosotros mismos entendemos, pues somos nosotros quienes realmente nos conocemos; lo hacemos por medio de las vibraciones de las mencionadas cuerdas, tal como pasa en una de las escenas finales de la película. Todo esto viendo la realidad desde el punto de vista de la película, no quiero decir con esto que tengo la razón o que estoy diciendo que la realidad es meramente la producida por la película. La cuestión aquí es abrir nuestras mentes a miles de probabilidades existentes, una especie de Matrix.

Hay algo que nadie puede negar y es que la Biblia es un libro que trasciende por la eternidad, es un libro que hoy en día es cultura general dentro de miles de sociedades alrededor del mundo, es un libro que está fuera de la moda o de las tendencias de lectura. Tratemos entonces de abrir nuestra mente hacia la otra cara de la moneda y veamos cuál es el punto que la Biblia tiene: 1 Corintios 2:14 (DHHE): El que no es espiritual no acepta las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son tonterías. Y tampoco las puede entender, porque son cosas que tienen que juzgarse espiritualmente. Este pasaje me llama la atención, pues nos muestra como, no solo dentro de la cultura cristiana sino dentro de muchas religiones del mundo las personas no pueden entender el nivel de compromiso que puede llegar a tener una persona con algo que cree por fe; todo esto definiendo la fe como tener certeza de algo a pesar de no poderlo ver. Dios es algo que probablemente muchos no pueden entender, lo interesante ahí, teniendo en cuenta el anterior versículo citado, es que la misma biblia nos dice que las personas normales no van a poder entender nunca a Dios ni las cosas de Dios, pues es algo que solo se puede ver a través del espíritu; esto podría explicar por qué para muchas personas les es tan complejo creer o hacerse una mera idea con este tipo de cosas.

Para cerrar, solo queda por decir que no escribí esto con el fin de crear odios, divisiones o polémica al rededor de esto, pese a que el tema de la religión siempre ha sido y siempre será un tema polémico. Simplemente quería dar mi punto de vista desde los 2 lados de la moneda con los cuales he estado cercanos últimamente. La realidad de uno siempre puede ser la ficción del otro y viceversa, pero creo que nuestro papel dentro del mundo (así decidamos inclinarnos por la religión o por el humanismo) es tolerar, respetar, escuchar otros puntos de vista y sobre todo, abrir nuestra mente a las cosas que nos puedan enseñar otras personas, culturas, sociedades o cualquier modo diferente de pensamiento al nuestro; eso es lo verdaderamente hermoso y excitante en la vida.

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Bauman, Ciudad, Crítica, Cultura, Opinión, Propiedad, Relaciones, Sociedad, Sociología, Tiempos Líquidos, Zygmund Bauman

La Ciudad Reciclada

¿Es posible que sobrevivamos más allá de conocer que las ciudades que creamos son solo espacios mediáticos en donde hablamos de crisis naturales, pero no notamos que son la consecuencia del consumo líquido que creamos?

Más allá de que la pregunta sea larga, se trata de mirar esta problemática moderna de una forma colectiva. Nosotros como humanos somos la única especia capaz de atentar contra nosotros mismos; aun sabiendo que realizar una u otra acción con determinado objeto nos va a perjudicar, lo seguimos haciendo. Hay algo claro en este punto de la existencia humana: todo es negocio y hasta la muerte cuenta con la presencia del mercadeo. Nosotros creamos un sinfín de imágenes idealizadas de un mundo hiperconectado, en el que no necesitamos fuentes elementales como agua ni alimentación natural y saludable; y todo lo reemplazamos en nuestra ciudad reciclada, en donde tomamos lo que nos sirve y lo que no lo desechamos sin importar el impacto que le genere al mundo –algo que vale la pena mencionar es que, sin importar que hagamos, todo genera un impacto el mundo; y no se trata de ponernos fundamentalistas con este tema, si no de tomar las decisiones correctas para que el impacto sea mediado-. Nos creemos dueños del espacio que habitamos y sentimos que somos el centro de todo el universo, que no existe nada después ni más importante que nosotros. Me gustaría que reflexionáramos nuevamente sobre el sentido de propiedad. ¿Realmente vale la pena creer que somos dueños de algo, sabiendo que realmente no somos dueños de nada? Como dice Pepe Mujica: “Es que cuando compramos, no compramos con plata, compramos con el tiempo de nuestras vidas que tardamos en conseguir esa plata”; pero aun así, con conceptos tan obvios y claros como éste, seguimos pensando que podemos tener control sobre todo y sobre lo que no podemos tener control, creamos miedo y un tabú respecto a lo inmoral que es tener contacto con eso; eso que no se puede controlar, valdría la pena que no exista…

Basamos la existencia en un modelo en donde el despilfarro y la falta de conocimiento tienen un papel protagonista. Como lo expone Zygmunt Bauman en su libro Tiempos Líquidos: “Sabemos de tanto que al fin no sabemos de nada”. Hay tanta información basura rondando por todo lado que no tenemos la capacidad de especializar el conocimiento a cierto tipo de tema y no hay una estructura sólida respecto a nada. El conocimiento es líquido… O como dicen algunos ancianos por ahí: “Somos un mar de conocimiento con un centímetro de profundidad…”.

Para no ir más allá, como ser humano pienso en mi libertad. En ir por la vida ligero, con la menor cantidad de cosas posibles y tratando de no seguir el mediático y tentador juego del metaconsumo que vive –sobre todo- las sociedades occidentales. Cada quien toma su decisión sobre lo que quiere ser o hacer, y en este tema tampoco se trata de caer en un fundamentalismo. No hay una manera correcta o un manual de cómo vivir la vida, y ciertamente los que existen solo pretenden moldear el ser humano a una estructura y forma de ver la vida concebida por “lo bueno” que ve la sociedad, “lo que es correcto hacer”. Todas son circunstancias sociales o culturales, pero cada quien busca su camino a la libertad –o a lo que considere que ésta es-.

Referencias.
Bauman Zygmunt; “Tiempos Líquidos”. España, 2007.
Mujica José; “Discurso en la ONU contra el Orden Mundial”. Nueva York, 2014.

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Antípoda del sonido

Un aspecto musical que pocas veces analizamos es el silencio, pues este carece de importancia al parecer por no significar mucho. Parece como si el oído no fuera perceptivo al sonido especial que tiene el silencio sacándolo de su importante papel de darle significado y trascendencia a la música; más importante aún, darle la naturalidad que ésta tiene a tal punto de transmitir emociones y generar sentimientos.

Claramente aquí quiero exponer el silencio como el antípoda de lo que podemos conceptualizar como música. El silencio es la usencia de sonido, esto quiere decir que no necesariamente el silencio queda rezagado de la música, simplemente se debería tener conocimiento para poderlo aplicar correctamente. Con esto quiero dar una conclusión temprana: el silencio es el antípoda perfecto del sonido, éste lo complementa perfectamente; tal como sucede cuando hacemos un análisis geográfico, a pesar de ser el opuesto de un lugar está estrechamente relacionado y se complementan a la perfección, en medio de todo hay un balance perfecto, un equilibrio. Podría arriesgarme a decir que todo en la existencia tiene un complemento y su existencia es difícil sin la existencia de su antípoda.

Si hacemos un análisis de la música que realmente ha marcado la historia –y quiero decir la que realmente lo ha marcado, no la música comercial que juega un papel capitalista hoy en día-, es música en donde se quiere transmitir un sentimiento del compositor al receptor, y en muchas ocasiones la mejor manera es el silencio para entender cosas tales como la nostalgia. Son incontables las obras en donde hay pausas de silencio en donde queda por un momento una sensación de tención que no se resuelve hasta que no sentimos una tónica. Ese momento en donde nada está resuelto y quedamos en un fin del mundo en donde sentimos como si la pieza hubiese concluido y nos hubieran quedado pendientes por resolver. Es como una persona que asesinan y todo el mundo comenta “murió tan joven, dejó mucho sin hacer”. Pero luego la música tiene una resurrección, deslumbrado con su antípoda perfecta el calibre de mil sensaciones que se reanudan como si hubiese resucitado, como si la música fuera Dios y también tuviera el poder de levantarse entre los muertos y volver el alma al oído y los sentidos para resolverse y terminar con la sublimidad que podemos llamarla: Música.

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Crítica, Cultura, Opinión, Sociedad, Sociología

Gratitud

El título ya fue Muy obvio, y esto no se trata de ser conformista y tampoco dar cátedra de autoayuda. Pienso que hay una delgada línea entre vivir en las conformidades que la vida va colocando a lo largo y cosas por las que realmente deberíamos estar agradecidos, pero pasa lo contrario a lo anterior: no estamos felices con nada en la vida. Para empezar creo que es importante hacer algunas preguntas, las cuales tardaríamos esta vida y la otra respondiendo; preguntas como: ¿Por qué siempre queremos más? ¿Por qué siempre hacemos de un gusto algo necesario? ¿Por qué el querer representar algo más que otra persona nos ha llevado a ser más individuales –socialmente hablando-?.

Sería importante ver la diferencia entre querer y necesitar. Siendo protagonista el actual mercadeo que vivimos, el cual muestra algo como novedoso y se convierte en un deseo social, pero con el pasar de los meses se convierte en una necesidad para muchos. Un claro ejemplo para esto son los smartphones, empezaron como algo novedoso y deseado por todo el mundo, pero con los años se convirtieron en una necesidad para la mayoría; un artículo sin el cual no pueden vivir ni trabajar (y los trabajos si que demandan estos aparatos). Ahora, no tengo nada en contra de este tipo de cosas. Pienso que si bien es bueno tener este tipo de objetos –y deberíamos estar agradecidos por poder poseerlos-, tenemos que tener prioridades en la vida y darle el lugar que corresponde a cada cosa.

Gratitud es algo muy simple: estar agradecido –con lo poco o mucho que se tiene- y disfrutarlo al máximo cada día, pues el día que estemos muertos todo lo que poseemos queda ahí; lo que me hace pensar que realmente nada es nuestro, simplemente lo tenemos prestado y esto es algo importante en lo que deberíamos pensar frente a las cosas materiales. Un papá jamás debería estar enojado con un hijo por rayar una pared que se puede volver a pintar, el papá debería darle más importancia al hijo y pensar que quizá gracias a eso en un futuro sea un gran artista. Así que algo importante que hay que analizar en este punto es que esa percepción de “tengo mucho o tengo poco”, es algo socialmente construido, así que realmente no se puede determinar si alguien tiene más o menos que otra personas, a excepción de una vaga percepción materialista que han construido las sociedades alrededor del globo. ¿Cuántas veces no hemos visto personas que materialmente tienen todo, pero están por completo vacías y solas? Y por el contrario ¿cuántas personas no hemos visto que sin aparentemente tener nada, lo tienen todo?. Esto siempre me hace pensar en el engaño social que vivimos respecto al “éxito en la vida” y todas esas cosas superficiales, a fin de cuentas, ¿Qué es realmente tenerlo todo o no tener nada? ¿No deberíamos estar agradecidos por lo que tenemos, en lugar de deprimirnos por no tener un carro o un teléfono?

¿Qué opinan ustedes?

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