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Antípoda del sonido

Un aspecto musical que pocas veces analizamos es el silencio, pues este carece de importancia al parecer por no significar mucho. Parece como si el oído no fuera perceptivo al sonido especial que tiene el silencio sacándolo de su importante papel de darle significado y trascendencia a la música; más importante aún, darle la naturalidad que ésta tiene a tal punto de transmitir emociones y generar sentimientos.

Claramente aquí quiero exponer el silencio como el antípoda de lo que podemos conceptualizar como música. El silencio es la usencia de sonido, esto quiere decir que no necesariamente el silencio queda rezagado de la música, simplemente se debería tener conocimiento para poderlo aplicar correctamente. Con esto quiero dar una conclusión temprana: el silencio es el antípoda perfecto del sonido, éste lo complementa perfectamente; tal como sucede cuando hacemos un análisis geográfico, a pesar de ser el opuesto de un lugar está estrechamente relacionado y se complementan a la perfección, en medio de todo hay un balance perfecto, un equilibrio. Podría arriesgarme a decir que todo en la existencia tiene un complemento y su existencia es difícil sin la existencia de su antípoda.

Si hacemos un análisis de la música que realmente ha marcado la historia –y quiero decir la que realmente lo ha marcado, no la música comercial que juega un papel capitalista hoy en día-, es música en donde se quiere transmitir un sentimiento del compositor al receptor, y en muchas ocasiones la mejor manera es el silencio para entender cosas tales como la nostalgia. Son incontables las obras en donde hay pausas de silencio en donde queda por un momento una sensación de tención que no se resuelve hasta que no sentimos una tónica. Ese momento en donde nada está resuelto y quedamos en un fin del mundo en donde sentimos como si la pieza hubiese concluido y nos hubieran quedado pendientes por resolver. Es como una persona que asesinan y todo el mundo comenta “murió tan joven, dejó mucho sin hacer”. Pero luego la música tiene una resurrección, deslumbrado con su antípoda perfecta el calibre de mil sensaciones que se reanudan como si hubiese resucitado, como si la música fuera Dios y también tuviera el poder de levantarse entre los muertos y volver el alma al oído y los sentidos para resolverse y terminar con la sublimidad que podemos llamarla: Música.

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