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Subculturas Digitales

Las subculturas son terrenos sociales que hemos inventado desde que tenemos uso de razón en respuesta a una de las principales necesidades del ser humano: sentirse parte de algo. Esos terrenos sociales se crean dependiendo de contextos y épocas que hacen que permanezcan por un tiempo y luego sean sucedidas por otras, pero también existen algunas que han permanecido por décadas y crean puntos de identidad para miles de personas. Más allá de eso, la geografía digital moderna ha creado, desde sus inicios, un sin fin de comportamientos que se desarrollan en espacios ficticios y hacen que las personas puedan reemplazar su vida real por una digital; aunque también vale la pena mencionar que algunas veces estas prácticas y grupos han logrado trascender de lo digital, e impactar el mundo real de forma positiva o negativa.

No quiero imperar sobre lo positivo o negativo que esto puede llegar a ser, simplemente se quiere llegar a una reflexión en donde entendamos estos nuevos comportamientos digitales en donde cabría el “dime a qué le das like y te diré quién eres”. Las redes sociales son ese terreno que ha desaparecido el valor de la privacidad con el que contaban generaciones pasadas. Lo dijo Zygmunt Bauman junto a David Lyon en su libro ‘Vigilancia Líquida’: “Parece que ya no disfrutamos tener secretos […]. Un secreto, como las demás posesiones personales, es por definición esa parte del conocimiento que se impide y prohíbe compartir con los demás y/o que se controla celosamente […]. La esencia de las redes sociales está en el intercambio de información personal. Los usuarios se alegran de revelar datos íntimos de su vida personal, colocar información detallada y compartir fotografías que revelen todo lo que hace. Se estima que el 61% de los adolescentes británicos entre 13 y 17 años tienen un perfil personal en una red social que les permite socializar en línea.

Las redes sociales y -en general- los entornos digitales, son espacios que nos pueden ofrecer gran cantidad de conocimientos o gran pérdida de tiempo de nuestros acelerados días. Aquí hay algo que tenemos que poner sobre la mesa, y es la cantidad de información de poca calidad que podemos encontrar hoy en día; cuando un usuario encuentra un video nivel PlayGround -o cualquiera de sus similares-, no tiene idea del grado de veracidad que puede tener dicha información, pero da por hecho que lo que menciona un autor como éste es una verdad absoluta -sin querer ofender el trabajo que hacen este tipo de medios-. Las nuevas generaciones se están volviendo las nuevas religiones digitales, esas que creen que solo existen las verdades que aparecen en sus timelines dentro de Facebook o cualquier plataforma similar. Y esta misma también es el apocalipsis de profesiones como el periodismo, cuyo papel es cada día más devaluado y barato por la capacidad de producción que tiene el mundo entero sin ningún tipo de fuente garantizada que ofrezca un contenido de calidad. Y es que en la modernidad tenemos que ser muy selectivos con el tipo de contenido que consumimos, porque el tiempo no es eterno y la información se multiplica cada día a pasos gigantes. ¿En verdad vale la pena que todo el mundo tenga poder de palabra para dar a conocer su opinión de forma masiva? ¿O era mejor a la vieja escuela, en donde solo unos pocos selectos y “aptos” tenían la capacidad de producir e informar al mundo? Que cada quien formule su propia conclusión.

Quiero cerrar este pequeño capítulo con la participación digital, esa en donde creemos que podemos tener la capacidad de participar en una decisión sobre una temática social con un simple like o reacción. Las redes sociales son espacios buenos para compartir conocimiento y dar a conocer nuestras posturas o rechazos hacia algún tipo de temática; pero lo que no podemos pretender es que a través de esas redes logremos hacer una votación, lograr algún tipo de reforma o protesta significativa sobre una problemática. Créanme que cuando cambiamos nuestras fotos de perfil para apoyar a Siria, o a nuestro equipo de fútbol favorito, o cualquiera de esas pavadas que ahora se inventa Facebook con el fin de elevar sus costos por clic para la industria publicitaria, no estamos haciendo realmente nada; si fuera un tema de real interés, se haría algo desde el mundo real, desde la vida cotidiana, no desde ese mundo cibernético en donde todos sabemos que nada cambia pero tampoco tenemos las agallas para decirnos esas verdades en la cara. Que nadie se atreva a meterse con esas dosis de dopamina constante, el nuevo opio, la nueva heroína, esa que se inyecta por nuestros ojos.

¿Se imagina usted donde todo lo que se compartiera en redes fuese exclusivamente contenido de valor? La sociedad sería otra.

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Cataclismos millennials.

¿Violenta palabra no? Sin ánimos de ponernos técnicos, me pareció el mejor término para empezar a hablar de lo que debería suceder, pero nunca pasa cuando hay una cagada en Bogotá.

Empiezo con ‘Cataclismo’, que, desde mi opinión y sin usar diccionario, no es más que un estado apocalíptico en donde hay caos por un acto o suceso. Creo que la mejor definición la dio el Guasón de Heath Ledger cuando visita a Harvey Dent en el hospital: “Introduce algo de anarquía, altera el orden establecido, y el mundo se volverá un caos… Soy un agente del caos. ¿Te digo algo sobre el caos? Es miedo…”; el miedo a cambiar, la ruptura de un paradigma; el caos como revolución social, eso es lo que propone este inolvidable personaje.

Ahora, vayámonos a la generación Z –que está muy lejos de Dragon Ball-, una generación creciente que vive interesada en los profundos discursos de sus youtubers favoritos. No tienen la más mínima preocupación por temas sociales –y más adelante tocaré un poco sobre este desinterés por lo social-, y menos aún quieren tener que ver con política. El mundo es lo que está en sus celulares mientras haya batería y datos. Lo que me aterra aquí no es el importaculismo de una generación ante una ciudad de la cual no quieren hacer parte –aunque la verdad sí-; ya lo dijo el maestro Jaime Garzón: “Colombia es un país donde los ricos quieren ser ingleses, la clase media norteamericana y la clase baja mexicanos”. Si en Bogotá cuando algo terrible e injusto pasa, “nadie ha visto nada”, como lo pregonea Hector Lavoe en “Juanito Alimaña”, y eso que actualmente tenemos una generación con medianamente un leve sentido de pertenencia, ¿usted se imagina qué va a pasar en 10 años con esta generación de “si no me afecta a mí, entonces no me importa”?

Ahora, tampoco quiero satanizar a toda una generación por aspectos aparentes como estos. Está muy claro que –según estudios del Huffington Post- son la generación más inteligente que se ha visto en años, gracias a una habilidad impresionante por comprender los contextos en tiempo record. Según el mismo estudio ya citado, “los jóvenes de hoy tienen más en común con otra persona de su edad de cualquier parte del mundo que con un adulto de su mismo país”; son autodidactas por naturaleza, ¿quién necesita tomar clases de maquillaje cuando puedes aprender desde casa con ayuda de YouTube?. El problema es que desperdician el tiempo con contenidos basura que desorientan sus mentes.

Aquí podríamos apresurarnos a formular una breve conclusión del real problema de esta generación: La falta de sentido de pertenencia –cosa que no es novedosa, pues ha sido el problema de muchas generaciones pasadas, incluyendo los millennials-. Ahora, cabe aclarar que esto no abarca el 100% de los personajes pertenecientes a esta generación, siempre hay una excepción a la regla. Pero sí podemos atrevernos a decir que un aproximado 80% vive en las nubes de este mundo cibernético.

Esta generación está reemplazando los espacios de vida física por algo meramente digital. En su afán por querer salir o escapar de la realidad –y esta es una hipótesis propia-, cambian la realidad y se desconectan del mundo físico para inyectarse la dulce dopamina de los me gusta y sus actuales reacciones emocionales. Es tal el cordón umbilical entre esta generación y la tecnología, que ahora las redes sociales expanden más sus espacios virtuales con el fin de obtener más tiempo de permanencia en los usuarios; por ejemplo las tan de moda historias; un invento de la plataforma de Snapchat que ha sido más copiado que la canción de “Despacito”, ahora interpretada hasta por la Tigresa del Oriente… Creo que llegará el tiempo en donde Peñalosa va a meter historias dentro de las pantallas de Transmilenio para desviar la atención de la ciudadanía frente a temas importantes –la vieja confiable de las élites que gobiernan este país-.

Por sobre todo, y sin querer extenderme más con este tema, vale la pena mencionar el actual multiculturalismo en el que vive esta creciente generación Z. Ellos ahora no son ciudadanos de un solo país, son ciudadanos del mundo; multilingües e hiperconectados que saben qué sucede al otro del mundo antes de que ese mismo lugar lo sepa. La velocidad que nos ofrece la comunicación moderna hace que papeles como los del periodismo queden absolutamente devaluados, ¿y la generación que se viene? Podríamos llegar a pensar que serán personas de muchas carreras; son seres “multitasking” por excelencia, y es aquí donde la esfera laboral para un futuro se va a cerrar aún más, mientras se abre la brecha de desigualdad entre ñas personas. Pensando en esto, ¿qué tan ficticios son realmente los panoramas que expone series como Black Mirror? Eso está por verse…

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